Los politólogos siguen rompiéndose la cabeza para medir la utilidad del voto pero desde que existen las urnas la gente la evalúa sin demasiados problemas. Tengo el recuerdo, de siempre, de escuchar a mi padre decir que “ir a votar no vale ni la suela de zapato que se gasta en el trayecto”. Y según van pasando los años estoy más convencido de que la utilidad del voto es más bien nula.
Aún así, siempre he votado y creo que la abstención o el voto en blanco tienen todavía menor utilidad. Para el partido de gobierno y el que aspira a serlo, la gente que se queda en casa es irrelevante. Para ellos solo cuentan los votos que les permiten legitimar su ejercicio del poder. Pensar lo contrario es irrisorio pues supondría que la clase política analiza los resultados de forma contraria a sus intereses particulares.
No votar o votar opciones sin posibilidades puede acarrear consecuencias nefastas: que en lugar de un mal gobierno padezcamos uno todavía peor. Y así hasta deslizarnos por la tan concurrida cuesta totalitaria e intervencionista de la historia. No obstante, las elecciones europeas son una buena ocasión para ejercer el voto inútil ya que el distrito electoral es nacional y el parlamento de Estrasburgo es el escaparate democrático de la euroburocracia. La maquinaria del gran Leviatán funciona con nuestros impuestos y sus funcionarios, no necesita nuestros votos.
Esto es lo que me ha llevado a la conclusión de que la papeleta que meteré, sin entusiasmo, en el sobre del 7-J será la de UPyD. A pesar de los nombres que figuran en su lista, muchos puntos de su programa y del propio Isi. Esperemos que los grandes partidos reciban el mensaje. Lo sé, es mucho esperar y todo parece un tanto incoherente pero la política es así.
El nacionalismo, “un universo de reclusión encastrado en un mundo cada vez más plural, abierto y mestizo”. Un artículo muy recomendable de la profesora María José Villaverde.
Y el nacionalismo no se limita a la exclusión en la teoría sino que en la práctica, en el día a día, impone una visión cerrada de una parcela. A día de hoy, en Baleares, las leyes que imponen una lengua en todos los ámbitos de la vida pública y privada. Por eso, mañana, hay una manifestación a la que no podré asistir por motivos laborales. Pero sin duda estaré virtualmente con los muchos manifestantes que se congregarán en el Borne para pedir algo tan peregrino como que cada uno pueda hablar y escribir en la lengua que quiera.
La manifestación del 30 de mayo convocada por el Círculo Balear ya tiene vídeo promocional. Como siempre, los políticos han creado un problema donde antes no lo había. Catalán y castellano son usados indistintamente y sin problema por la gente de Baleares, todos nos entendemos y disfrutamos de la riqueza que supone tener dos lenguas. Es triste comprobar como la visión totalitaria de algunos supone que la lengua de tus padres y abuelos sea impuesta a golpe de decreto creando rechazo hasta en los que la hablamos.
La sociedad balear nunca se ha caracterizado por su extremismo. El 30 de mayo tenemos la oportunidad de dejar bien claro a todos aquellos que viven alejados de la realidad entre sus despachos y coches oficiales que no compartimos esa visión esencialista que diferencia entre lenguas propias e impropias. Y es que como dice el lema de la manifestación “Nuestras lenguas nos unen, volem llibertat d’elecció”.
Apenas han pasado dos días desde que nuestro ungido presidente prometió 2.000 euros de regalo para aquellos que quieran un coche nuevo y los fabricantes ya están ofreciendo descuentos en sus coches de hasta 4.000. La mano invisible se anticipa a la burocracia sin meterse en nuestros bolsillos. Aquellos que todavía creen que el Estado sí es la solución deberían tomar nota.
Otro ejemplo es la multa que va a poner el Gobierno de las Islas Baleares a dos compañías aereas de bajo coste por “el cobro indebido del equipaje”. Pero hace tan solo unos días pude comprobar como una de estas compañías resulta mucho más económica y puntual que las de bandera. Y sin necesidad de recibir las famosas subvenciones del 50 por ciento. El servicio público, la movilidad de los isleños con la península se garantiza mejor con una empresa que ofrece vuelos a 2 euros pero que cobra por cargar con maletas de más de 10 kilos. Parece que la amalgama de socialistas, nacionalistas y verdes prefieren que nos cobren 90 euros (incluida subvención) aunque sólo viajemos con un cepillo de dientes.
Salvo el cambio de estación, mis huesos ni sienten ni padecen. No parece ocurrirle lo mismo al alcalde de Madrid que ha inundado la ciudad de carteles, adornos y anuncios para dar la bienvenida a los señores del COI. Esto lo sé, no porque lo haya sentido en mis huesos, sino porque cuando iba a trabajar he visto que una de las pantallas de la M-30 me informaba de que “Madrid se mueve en transporte público” en lugar de recordarme los muertos en carretera. No sé que pretenden las mentes gallardonitas pero creo que la probabilidad de que Madrid sea seleccionada ciudad olímpica para 2016 es similar a que esos anuncios me devuelvan al metro.
Esta apelación a la sentimentalidad no puede traer nada bueno y más que una corazonada uno empieza a sentir la puñalada del dispendio del dinero de los contribuyentes. ¿Cuánto costará la ambición olímpica de Gallardón? Seguramente es incalculable. Puestos a gastar dinero, ¿no sería mejor alimentar a los pobres de solemnidad? Permítanme el punto demagógico.
Supongo que hay cosas imparables y esa sentimentalidad se ha contagiado entre gente de toda clase y condición que se suman a la algarabía que emana de la capital. De esta forma, sólo me cabe lanzar una propuesta: que en todas las construcciones faraónicas construidas bajo Gallardón lleven la inscripción AMGG (Ad Maiorem Gallardon Gloria) esculpida en sus entradas. Así, las próximas generaciones no olvidarán a quién deben agradecer semejantes inversiones. Ruinosas, por supuesto.