Tanto tiempo sin escribir y por poco se me olvida la contraseña del blog. Lo peor, sin embargo es, como siempre enfrentarse al folio en blanco. Bueno, en este caso la caja vacía. Cambia la tecnología pero la naturaleza humana permanece intacta. Y ése es justamente el problema al que se enfrentan los ingenieros sociales y aquellos que renuncian a su libertad para depender del Estado omnipotente. Por eso, aunque vivamos tiempos convulsos en los que la libertad se encuentra acorralada, la esperanza de un mundo más libre nunca se extinguirá.
Son muchas las razones que me han llevado a permanecer en silencio durante demasiado tiempo. Pero la principal y definitiva es la pereza. Nadie es perfecto y yo, menos. Pero ésta no es una entrada para anunciar el cierre de Politeia sino todo lo contrario, su resurrección. Ése es mi propósito para el año nuevo. No es el único pero sí el que os confesaré.
En ocasiones uno se pregunta si merece la pena llevar la contraria, cuestionar todo cuanto otros dan por seguro y desconfiar de los grandes hombres que pueden resolver nuestros problemas como nuevos mesías. Pero hay cosas que van en el carácter y es complicado cambiar, máxime cuando recuerdo aquello de que “lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada”. Aunque para eso debo presuponer que soy unos de esos hombres buenos, y temo que no todos los que se cruzan en mi camino no están de acuerdo.
Todo lo cual, me trae a la memoria una parábola relacionada con el Mesías y el silencio: Los servicios de emergencia y medios de comunicación alertaron a toda una comarca del peligro de inundación que se avecinaba, se aconsejaba la evacuación y la mayoría de los habitantes fueron desalojando sus casas. Pero había un hombre temeroso de Dios que tenía tanta fe que confiaba en que Dios le salvaría del desastre natural. Unos vecinos llamaron a su puerta invitándole a subir a su furgoneta y así huir del peligro, pero el creyente declinó la oferta. Llegaron las lluvias e inundaciones y no le quedo más remedio que subir a la azotea; estando allí se acercó otro vecino ofreciéndole asiento en su balsa. También renunció a esa ayuda. Finalmente, el agua terminó inundándolo todo y una gran riada terminó con la vida de aquel hombre. Ya en el cielo, el alma de aquel fiel que había seguido toda su vida los preceptos de la fe cristiana preguntó a Dios por qué no había salvado su vida. Su respuesta fue que le había enviado mensajes por la radio y ayuda de sus vecinos hasta el último minuto.
El silencio. El silencio no suele ser tal y en muchos casos se reduce a que no somos capaces de escuchar. Esperamos la salvación renunciando a ganarla por nosotros mismos, confiamos en líderes que pueden descargar nuestra responsabilidad y reclamamos beneficios sin estar dispuestos a sacrificar nada por ellos. Hace más de dos mil años que Dios nos envío a su hijo como ejemplo, como camino. Su aparente silencio cobra relevancia y recae sobre nosotros la decisión de darle sentido. Feliz Navidad.






