Y yo que pensaba que por ser de la Esquerra era de izquierdas (o algo paraecido) y le molaba lo de la distribución de la riqueza. Ni la ayuda a los desposeidos puede ser coactiva ni establecerse como un sistema eterno. Aplíqueselo y cierre el chiringuito.
Carod se hace liberal
Obama quiere ganar
Y por eso ha elegido a un político experimentado que cubra sus lagunas. Es cierto que de esta forma reconoce sus incapacidades pero también envía un mensaje de que ha compensado el ticket para calmar al electorado que prefería que Hillary cogiera el teléfono de la Casa Blanca en caso de emergencia.
Obama quiere ganar y haber escogido a otro tipo radical o inexperto habría frustrado su ambición. Biden será un bocazas y los encontronazos entre ambos pueden ser memorables (¿cuál será su postura final sobre Irak?) pero esa lenguaracidad le hace siempre luchar en todas las batallas y contestar a sus adversarios. Ambición no le falta (se presentó a la nominación) y su recuerdo de voto “progresista” está más cerca del “ideal” 100 de lo que en un principio se podría pensar. Por supuesto Obama sigue siendo el más progre (más que Ted Kennedy) y encabeza la lista.
Obama y Biden quieren ganar, ahora sólo falta saber si los americanos también lo quieren y si McCain se deja. El órdago está lanzado.
el hermano (pobre) de Obama
en defensa de Hobbes
Con De Juana paseando libre por las calles, Occidente riéndole las gracias al comunismo en otras olimpiadas -¿cuándo aprenderemos?- y los indicadores económicos agazapados para darnos un gran susto en la cuesta de septiembre, yo voy y me escandalizo con el mito del hombre asesino. Soy un caso.
Hobbes describe de forma vibrante y acertada la naturaleza humana, una descripción que es, eminentemente, liberal. No existe un summum bonum en el que "un hombre cuyos deseos han sido colmados y cuyos sentidos e imaginación han quedado estáticos no puede vivir". No hay utopía ni un mundo feliz pues "la felicidad es un continuo progreso en el deseo; un continuo pasar de un objeto a otro" de modo que, pese a quien pese y, por mucho que algunos quieran negarlo colocándose una venda en los ojos o acallando el latido de su corazón, la "inclinación de toda la humanidad" es "un perpetuo e incansable deseo de conseguir poder tras poder, que sólo cesa con la muerte". ¿No es esta una buena definición de lo que consiste la acción humana? ¿Somos acaso algo más que una sucesión de pasiones aderezadas con algo de razón? Que cada uno llene de contenido esos deseos y que el Estado, fruto de la razón, de seguridad a los hombres para poder colmar sus apetencias.
Para Hobbes, la condición humana "es una condición de guerra de cada hombre contra cada hombre, en la que cada uno se gobierna según su propia razón y no hay nada de lo que no pueda reclamar". El individuo es plenamente soberano y renuncia a la soberanía voluntariamente por un bien superior: asegurar su vida en una vida en sociedad donde rijan las mismas normas para todos menos para el nuevo soberano que es casi dictador.
Es aquí donde empezamos a discrepar con el genial pensador pues la idea de Estado mínimo que uno tiene se aleja bastante de la teoría del Estado que “diseña” para este hombre (que es el que existe y no un hombre nuevo que la revolución debe moldear) sea una Monarquía absoluta que es la materia, forma y poder de un Estado eclesiástico y civil. Nada nuevo bajo el sol y, de hecho, en la elección del bíblico monstruo para darle nombre ya nos ofrece una idea del miedo y poder que irradia el monstruo creado por el "acuerdo de cada hombre con cada hombre". Cada hombre con cada hombre, un pacto entre individuos que está muy lejos de otros pactos sociales que reducen al individuo a una parte del todo que cobra sentido en una imaginaria voluntad general. Y es que cedido o entregado todo el poder al nuevo soberano, éste tiene derecho a todo como lo tenía quienes se lo cedieron voluntariamente. Pero -¡oh maravilla!- "la obligación de los súbditos para con el soberano se sobreentiende que durará lo que dure el poder de éste para protegerlos". El poder ilimitado está limitado por el incumplimiento contractual; si el miedo a la muerte y la preservación de la propia vida llevaron a los hombres a alimentar un gran Leviatán, los individuos pueden romper el pacto y escapar de su yugo si el mismo Leviatán pone en peligro su vida (en un reclutamiento de tropas para ir a la guerra, por ejemplo).
Acierta tanto en la consideración sobre lo que mueve al hombre como yerra al creer que la única forma de organizar esa competencia tiene que ser un poderoso Leviatán en lugar de confiar en la capacidad creativa del ser humano. Si obviamos que esas pasiones y razones llevan al hombre a pactar la cesión de su soberanía –que ya es obviar- lo que nos queda no es más que la forma en que nos desenvolvemos en sociedad para no irritar al vecino hasta el punto de que nos parta la cara. Vivir en sociedad no es otra cosa que establecer una red de relaciones entre hombres. Interacciones de “cada hombre con cada hombre”.
Tampoco parece desacertada su visión económica pues "el valor o la valía de un hombre es, como ocurre con todo lo demás, su precio" pues "es el comprador, y no el vendedor, quien determina el precio". Al fin al cabo, “el valor de todas las cosas que se contratan viene determinado por el apetito que los contratantes tienen de obtenerlas. Y, por tanto, el valor justo es el que los contratantes están dispuestos a pagar”. Cabe preguntarse entonces que es la justicia para Hobbes, justo es “todo aquello que no es injusto” y la “definición de injusticia no es otra que el incumplimiento de un convenio”.
Y por si no fuera suficiente lo señalado hasta el momento, Hobbes critica también los privilegios impositivos pues "a una justicia igualitaria corresponde también una igualitaria aplicación de impuestos; esta igualdad en la imposición de tasas no depende de la igualdad de las riquezas, sino de la igualdad de la deuda que cada hombre tiene para con el Estado [siguiendo su lógica de instrumento para preservación de la vida]".
Disculpen el pedrusco –podría haberme extendido más- pero pocos libros han convulsionado mi pensamiento como lo hizo la primera lectura del Leviatán con la que disfruté en su momento y siempre que vuelvo a sus páginas se produce un reencuentro con la genialidad allí depositada. Hobbes, cuyo nacimiento prematuro fue el fruto del miedo a una invasión española de Gran Bretaña jamás se desharía del pavor que inunda su obra pero lejos de paralizarlo le sirvió como estímulo que le permitió recoger la naturaleza humana con una crudeza que pocos han logrado. Dejando de lado el lazo que traba entre lo eclesiástico y lo civil, Hobbes es un autor maldito que deberíamos reivindicar tanto como deberíamos aborrecer el colectivismo totalitario de Rousseau.






