Desde que vi un documental titulado Nixon o la arrogancia del poder, la figura del que fue trigésimo séptimo presidente de los EE.UU. siempre me ha cautivado. La película de Oliver Stone no hizo más que acrecentar mi interés por su figura y una atracción hacia su personalidad -compleja y torturada, al menos en mi imaginario- que llega hasta estos días.
En particular, y políticamente irrelevante, al recordar a Nixon no sólo llegan hasta mi memoria las cintas sobre el Watergate sino que las acompaña su sonrisa. Una sonrisa cautivadora e inquietante que me fascina. Y ahora que el próximo año hay elecciones presidenciales en los EE.UU. resulta que descubro en unos de los candidatos republicanos esa misma sonrisa. O a mí me lo parece.
Doblemente inquietante.







